Giger vino del rescate de Navarrete. Fue un caso terrible de un ganadero que cerró una granja de 200 ovejas con todas dentro. Y se fue.
Un mes y medio después, cuando los vecinos consiguieron que acudiese el Seprona, encontraron muertas más de la mitad. Habían muerto de hambre y de infección. Los cadáveres se amontonaban sobre los bebederos de agua automáticos y el agua estaba putrefacta. No había comida y los corderos que habían nacido esos días no podían mamar porque sus madres estaban con mastitis o muertas.
De las 90 supervivientes, 15 vinieron de urgencia al Santuario esa misma noche. Eran bebés y estaban en un estado de salud crítico. De hecho uno murió en el último bache un metro antes de cruzar la puerta del Santuario.
Giger era del primer viaje, que traía 7, y estaban tan enfermos que montamos una especie de “hospital de campaña” con suero, calefacción, medicamentos y varias personas pendientes de ellos por lo crítico de su salud.
Giger era el que mejor estaba de salud. De hecho, el segundo día, con la terapia de suero y los antibióticos fue el que más mejoró. Era muy fuerte y el más grande pese a tener todos una edad parecida.
Hoy Giger y sus compañeros, los que consiguieron sobrevivir (murieron dos más de los 15, Flor y Floppy), son felices con el grupo grande de ovejas.
Giger es muy cariñoso y siempre nos recibe viniendo a saludarnos y a que le dediquemos unas caricias en su pecho, que le encanta. Es muy tranquilo y se lleva bien con todo el grupo (y hay más de 80).